el evangelio según Perón

Lecturas recomendadas para entender esta semana caótica: Manual de Conducción Política, de Juan Domingo Perón, y El Liderazgo al Estilo de los Jesuitas, de Chris Lowney.

Silvio Santamarina

El primer libro es por estos días, tal como reveló este diario, texto de consulta doctrinaria de Néstor Kirchner cuando busca ideas para arengar a su tropa contra el fantasma “destituyente” que, según el propio kirchnerismo, acecha a la nación. ¿De qué habla el Manual? Del difícil arte de conducir. Un vistazo al azar por sus páginas da la escalofriante sensación de que Perón lo escribió hace un par de semanas, al calor del conflicto entre el Gobierno y el campo. A saber:

* “En política, hay que arreglárselas para que la gente haga caso y, sobre todo, tener cuidado de no ordenar nunca nada que no se pueda hacer (…) Es decir, hay que procurar que no desobedezcan por primera vez.”

* “Hay que ser transigente, comprensivo y conformarse con que se haga el 50% de lo que uno quiere, dejando el otro 50% a los demás (…) En la conducción política, nada rígida, todo dúctil, nada imponente, todo sencillo, hay que ser tolerante hasta con la intolerancia.”

* “Naturalmente que hay que tener también el concepto de la energía cuando la energía está justificada. Un gobierno débil termina con su prestigio, pero no hay que ejercer la energía inoportunamente. Un acto de energía realizado por impulso, por pasión, por odio o por cualesquiera de esos malos consejeros, lleva al desprestigio. Cuando uno toma una medida enérgica, ha de pensarlo muy fríamente (…) Entonces se toma la medida enérgica y no se afloja aunque ‘vengan degollando’ como dijo Martín Fierro.”

* “Hay que ganar la calle en un momento y en un lugar decisivo. Pretender tener siempre la calle es gastar la fuerza y no ser nunca fuerte (…) Llamé a los madereros y les pedí: ‘Muchachos, háganme unos garrotes grandes’. Después llamamos al gremio de la carne y les dijimos: ‘Muchachos, ¿se animan con 500 bastones a salir a la calle?’ Les dimos 500 palos, salieron, ganaron la calle y los otros no la volvieron a recuperar más.”

¿No suenan estas máximas del peronismo clásico como notas al pie de los gestos kirchneristas de la última semana? Néstor exhortando a la “paciencia oriental” a sus soldados para sostener una larga marcha contra el frente rural. Néstor respaldando públicamente a Luis D’Elía, el para-funcionario siempre dispuesto a ganar la calle cuerpo a cuerpo. Néstor obsesionado por las disidencias en el frente interno. Néstor soñando con poner de rodillas al otro bando, por siempre jamás. El ex presidente en ejercicio del mando parece estar necesitado de doctrina, como si su inusual hambre de filosofía política fuera el síntoma de un malestar más profundo de la clase política argentina de los últimos años: el miedo al desgobierno, y su manía de derramar nafta para apagar ese incendio.

El segundo libro recomendado en esta página es el de Lowney, un ex integrante de la Compañía de Jesús que dejó los hábitos para ingresar al banco J.P. Morgan. Ahora es consultor, y en su manual explica cómo los valores de la compañía religiosa fundada en el siglo XVI son todavía útiles –o quizá más que nunca- en la era de la globalización. Autoconocimiento (aceptación de los propios límites), creatividad, coraje para arriesgarse a innovar y a mezclar, son algunas de las virtudes jesuíticas que el autor propone incorporar al concepto moderno de liderazgo. ¿Qué tiene que ver esto con la coyuntura nacional? Esta semana, un líder de formación jesuita (y despertar político en Guardia de Hierro, por cierto), el cardenal Jorge Bergoglio, aterrizó en Buenos Aires luego de su visita al Vaticano y convocó a sus obispos a una reunión de emergencia para alertar al campo y al Gobierno que si no se disponían a ceder posiciones para entablar un diálogo “transparente y constructivo”, la paz social volvería a quebrarse. El antecedente tácito es el crack del 2001, cuando la Iglesia también decidió que era hora de intervenir para sentar a los dirigentes a una misma mesa.

Es cierto que la propia familia católica tiene sus cuentas pendientes puertas adentro. Uno de sus temas de discusión interna es precisamente cómo pararse ante la crisis de los partidos políticos y de las instituciones en general: las respuestas van desde la postulación de sacerdotes a cargos electivos –como en Misiones-, hasta la potenciación del rol de los dirigentes laicos del catolicismo argentino, para que hagan lobby por la agenda religiosa y a la vez que insuflenvalores perdidos a la práctica republicana. La cuestión no parece ser cuánto ni cuándo politizarse (la respuesta es “mucho” y “ya mismo”) sino cómo hacerlo.

Dos libros para mostrar dos conceptos: conduccción y liderazgo. Esa es la crisis que perturba a los argentinos. Tanto la Iglesia, como el Gobierno y el campo, incluída la prensa internacional que sigue la situación argentina, coinciden que el actual no es un problema económico. La misma Cristina Fernández Kirchner utilizó la palabra “abundancia” para etiquetar este conflicto. Y si Néstor Kirchner vuelve a los escritos justicialistas para reflexionar sobre el poder es porque entiende que ahí está el problema de escasez dirigencial de una sociedad que no cesa de parir espasmódicamente aprendices de líder: llámense Blumberg, De Ángeli, Obispo Piña, D’Elía, incluso el propio Hugo Moyano, con su fantasía de proyecto presidencial que sólo se anima a confesar entre íntimos. Pero no se trata de saber cuál es la receta mágica para mandar, tampoco ayudan los decálogos para ser un jefe temible. La cuestión es de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba: se trata de un cambio cultural. Esa es la deuda que Kirchner heredó, la que no supo o no quiso pagar, y la que su esposa prometió saldar y que, por ahora, tampoco está honrando.

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