Ese miedo añejo

¿Sabés que se murió Guinzburg? me escribe alguien desde Argentina. No, no lo sabía…pero si era joven!!! contesto con esa estupidez tan humana…58 años…parece que estaba enfermo me aclaran…da igual…. otro que se vá a destiempo, como el Negro Fontanarrosa, o como Castelo el año pasado….

A juzgar por lo que ví en la TV del paisito hace unos meses igual no se mueren de muerte natural, se suicidan al ver tanta pavada, tanto cambalache y despropósito, tanto concurso de Tinelli, tanta momia siliconada, tanto Pergolini descafeinado.

Reedito algo que copié en mi blog anterior como homenaje al humor inteligente y duro, ese que supimos conseguir pero no pudimos conservar, el de Biondi, Tato Bores, Verdaguer. Solo nos queda Dolina…


Sí, ya sé hablo de gente que vivió en el siglo pasado……como Groucho marx..por decir algo….

Un amigo solía decir que “paranoia es eso que creemos que nos pasa pero, en
realidad, nos pasa”. Era hace veintipico de años, cuando las callecitas de Buenos
Aires, además de ese no sé qué, tenían Ford Falcon verdes, con rostros siniestros en
su interior, circulando a toda velocidad. Si uno era sensato, frenaba para dejarlos
pasar y observar en las lunetas traseras una calcomanía con laleyenda “los argentinos somos derechos y humanos”.

Otros vehículos, de otras marcas y colores, con caras menos sombrías asomando por
las ventanillas, también llevaban la misma calcomanía, sólo porque las regalaban y
no era tiempo de hacer preguntas. Si no les extrañaba cuando un
compañero de oficina o un vecino dejaba de concurrir a su trabajo o volver a su
casa, por qué habría de sorprenderles que un desconocido les obsequiara un autoadhesivo para publicitar la humanidad de sus compatriotas desde el auto.

Era un tiempo de frenar frente a un Falcon verde, de no hacer preguntas, de pretender que todo andaba muy bien como informaban los programas periodísticos
y de tener miedo, mucho miedo.

Un miedo extraño, de esos que se sienten sin haber hecho nada. Sin embargo, ningún
terapeuta idóneo lo habría interpretado como un síntoma de paranoia.

Tampoco lo vio así mi psicoanalista, cuando esta semana, 23 años después de
instalada la democracia en la Argentina, le transmitía esa misma sensación.

Entiendo que tenga miedo -dijo. A mí también me asusta la desaparición de Jorge Julio López, uno de los testigos en el juicio al represor Etchecolatz.

Es cierto -respondí-, pero no es sólo eso.

Tal vez -siguió conjeturando- lo asustan las amenazas que recibieron esta semana
el juez Carlos Rozanski, titular del tribunal oral número 1 de lPlata, que condenó a
reclusión perpetua al genocida Etchecolatz; el fiscal federal
Eduardo Taiano que investiga la causa ESMA; el fiscal fede ral de Resistencia, Jorge
Auad, que actúa en la causa de la masacre de Margarita Belén y el juez federal número 1 de Bahía Blanca, Alcindo Alvarez Canale, que lleva adelante la investigación
contra el ex militar Santiago Cruciani acusado de violaciones de los derechos
humanos en el centro clandestino de detención “La Escuelita”.

Eso también -le confirmé-, porque uno sabe que esas amenazas son un
tiro por elevación para asustar a todos y dejar que la impunidad siga.
También me asustan las amenazas a los periodistas Jorge Fontevecchia y Joaquín Morales Solá. Pero hay algo más.

Seguro -se entusiasmó-, usted siente miedo al comprobar que después
de una purga policial que ya suma más de 2300 efectivos, todavía haya en la
fuerza muchos hombres que actuaron en los centros clandestinos torturando y
matando.

Sí, claro -volví a coincidir- y me sorprende que el argumento utilizado es que en ese entonces eran muy jóvenes. Pero no es sólo eso.

Seguro -siguió inclaudicable-, le debe dar miedo que hoy, después de crímenes,
torturas, adolescentes masacrados, bebés robados a sus familias y tantos delitos
comprobados, todavía haya gente que reivindique lo actuado durante el proceso
militar.
Sí pero no es solo eso, insistí.
Por supuesto -me tranquilizó-, imagino que también lo perturba que alguien como
Hebe de Bonafini ponga en duda la desaparición de Jorge Justo López porque según
dijo “vivía en un barrio de policías y su hermano era policía”.

No -dejé de coincidir-, eso no me da miedo, sólo tristeza y una profunda
decepción. De la última persona de la que hubiera esperado el tristemente célebre
argumento del “algo habrá hecho” es de Hebe de Bonafini. De una Madre de Plaza de
Mayo.

Tiene razón -concluyó mi psicoanalista-, pero esta sesión está dedicada al miedo.
De las decepciones podemos hablar en la próxima.

Autor. Jorge Guinzburg

Jorge Guinzburg, periodista inteligente si los había.
El miedo y la decepción suelen formar una pareja extraña pero indestructible.
Yo agregaría pena, enorme, sórdida, sin vuelta atrás, por lo que pasó por lo que pasa y seguirá pasando, en un país que nunca ha aprendido de sus errores y ha hecho de la contradicción y la impunidad un estilo de vida.-