hilos de plata

maga.jpgHilos de Plata

Hay historias, relaciones, experiencias que unen a las personas más allá de las realidades físicas.
Cuando eso pasa, algo parecido a un milagro se instala.
Es esa persona, encontrada ocasionalmente en nuestro camino y presente en la ausencia.
Misteriosamente, esas relaciones suelen ser las que más perduran.
Rastrear en las cartas escritas por esos privilegiados que han mantenido el hilo de plata intacto; en otras épocas, en las cuales,la futilidad de los email no existía, es asomarse a un mundo marcado por sentimientos, que poco o nada tienen que ver con los hechos, las palabras, las estructuras.
Simplemente, están ahí.

Me llamó la atención ese joven alto y delgado , que tocaba el piano en el salón de tercera clase, donde viajábamos”.

Sin embargo, y pese a haberse observado mutuamente, no se presentaron. Los unió el azar; una tarde, mientras ella estaba en una librería del boulevard Saint Germain, lo vio en la calle, del otro lado de la vidriera, y él la saludó con una inclinación de cabeza.

La segunda vez, se encontraron en un cine, donde pasaban la Juana de Arco, muda, de la Falconetti.

La tercera vez, tropezaron el uno con el otro en el Jardín de Luxemburgo, hacía mucho frío y entraron en un café donde charlaron horas.

Cortázar le daba mucha importancia a estos encuentros dispuestos por el destino.

Se hicieron amigos, él le regaló un poema suyo que hablaba del tiempo pasado en el barco, se titulaba: “Los días entre paréntesis”.

Descubrieron amigos comunes en París y que, además, se divertían mucho juntos.

Cortázar después de cuatro semanas volvió a Buenos Aires y en en agosto de 1951 le escribió a la Maga una carta:

Querida Edith: No sé si se acuerda todavía del largo, flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear muchas veces por París, para ir a escuchar Bach a la Sala del Conservatorio, para ver un eclipse de luna en el parvis de Notre Dame, para botar al Sena un barquito de papel, para prestarle un pulóver verde (que todavía guarda su perfume, aunque los sentidos no lo perciban).

Yo soy otra vez ése, el hombre que le dijo, al despedirse de usted delante del Flore, que volvería a París en dos años.

Voy a volver antes, estaré allí en noviembre.

Pienso en el gusto de volverla a encontrar, y al mismo tiempo tengo un poco de miedo de que usted esté ya muy cambiada, de que no le divierta la posibilidad de verme.

Por eso le pido desde ahora y se lo pido por escrito porque me es más fácil que si usted está ya en un orden satisfactorio de cosas, si no necesita este pedazo de pasado que soy yo, me lo diga sin rodeos.

Sería mucho peor disimular un aburrimiento. Me gustaría que siga siendo brusca, complicada, irónica, entusiasta, y que un día yo pueda prestarle otro pulóver.”

La carta es larga y la primera de una serie que duró tanto como la vida de Cortázar.
La Maga cuenta “El año 1952 quedará como un año muy especial para Julio y para mi”, En el Jardín des Plantes descubrieron juntos los axolotes; en el parque de Secaux, Cortázar le leyó Final del juego y al verla tan conmovida le prometió que, al publicarlo, se lo dedicaría; una noche helada, oyeron a Edith Piaf, y el 23 de mayo asistieron al triunfo de Le sacre du Printemps.
Entre distancias, su comunicación se basa en cartas, numerosas, y que jamás dejaron de escribirse