Foto de Robert Doisneau (1958)
“Jo hi he caminat llargues hores, sense objecte concret, aturant-me davant d´ún aparador, entran en una llibreria, fent una parada en la terrassa d´ún cafè, l´sperit dispers en el moviment ciutadà, en les tasques de llum, en les siluetes que passen un moment i desapareixen”.
Josep Pla
…….Los turistas se mezclaban con la gente de paso hacia algún compromiso como era mi caso y con los vecinos que salían a hacer sus compras de última hora, al volver del trabajo
Era una cálida tarde de primavera plena de olores en el ambiente.
La baixada de la llibretería siempre me ha gustado. Sus antiguos negocios de velas o dulces, mezclados con efímeros reductos de ropa de diseño conectan en mí imágenes visuales, estéticas, sonoras de unos contrastes tan vívidos, que hacen que disfrute cada momento del paseo, desde la salida de metro en Via Laietana hasta la Plaza Sant Jaume.
El aroma del café logró despertarme del letargo en que me había sumido un aburrido viaje de diez minutos por las entrañas de la ciudad; reparé en que también vendían té; variedades impensables. Entré.
Imaginen un pequeño local; a la izquierda la barra ofrecía té y café que podían acompañarse de tartas de frutas, de queso, de chocolate; a la derecha la venta al menudeo.
El ruido de los granos de café cayendo en la moledora, el aroma penetrante, todo era un verdadero placer para los sentidos.
Mientras esperaba mi turno observé a los clientes que me precedían.
Un par de señoras entradas en años, conversaban sin cesar con la empleada sobre las bondades de los tres kilos de café, en distintas variedades que estaban comprando:
Que si el aroma, que si la fuerza, que si los africanos o los colombianos.
Por un momento me arrepentí de haberme detenido, el reloj en el que habían transcurrido casi diez minutos, me marcaba que ya llegaría tarde a mi cita .
A mi derecha, esperaba el siguiente cliente .
De pronto, la empleada se dirigió a él:
- ¿No es cierto Alfonso?, Dijo en relación a la suavidad de uno de los gustos. “Tú los has probado todos”.
- -“Bueno, casi todos”; contestó Alfonso, dirigiéndose a las señoras, pero mirando a la empleada.
Giré la cabeza para observarlo mejor: alto, delgado con un aire a retrato de Modigliani en versión masculina; cabello largo y revuelto, con incipientes canas, manos grandes, finas, una voz suave y melodiosa.
La empleada sonrió, parecía escapada de una vieja película de los 50, muy a tono con el ambiente, su cabello negro y largo, ondulado, sostenido por el costado como solían usarlo en esos años y los rasgos todo en ella ararstraba un aire antiguo, de una belleza ya inexistente. Sus ojos negros se clavaban en los de Alfonso.
-“Yo diría que todos”, insistió
-“Algunos he repetido, pero ese que dices es tan bueno que es un pecado”.
La empleada se sonrojo.-
-¿Un pecado?, Un pecado no, yo diría mejor un capricho.
-¿No has oído decir nunca? : “es tán bueno que es un pecado?”, y miró alrededor buscando nuestra aprobación, aunque era claro que la charla era entre ellos dos.
Alfonso era, seguramente, un cliente habitual.
Un cliente al que se le conocían los gustos, al que había visto quizás aburrido o enojado o feliz.
Probablemente desconocieran detalles mutuos de su vida personal , pero estaban unidos por la complicidad de lo cotidiano, el hacerse dueño de un espacio urbano, con roles definidos y con una historia.
Los imaginé formando parte de esa cafetería desde hacía cincuenta años, cuando la baixada de la Llibretería no era transitada por guiris y él y ella se encontraban diariamente en esos breves e imprescindibles momentos de intercambio en los que la vida urbana, entre lo efímero y lo indeterminado, pero también entre lo permanente los unía a pesar de lo que pudiera separarlos.
Me quedé mirándolos, como una voyeur.
Solo faltaba el “tócala Sam”.
Compré mi té y salí a la calle. “Tan bueno que es un pecado”, vaya idea.

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