Lo que vale un tomate

15 03 2008

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Foto de Gilbert Garcin
El hombre se incorporó como pudo en su cama de hospital y miró a su vecino de habitación.
No hacían falta más palabras: otra vez hervido de coliflor para la comida.
No era una intuición, el olor subía por las escaleras, se instalaba en los quirófanos, violaba a las enfermeras, asqueaba a los niños de pediatría, confundía a los pacientes oncológicos que interpretaban sus náuseas como efectos secundarios de la quimio.
Ese olor pútrido, penetrante e indeseable pero absolutamente impersonal hasta unos meses atrás, inundaba la vida de seiscientas personas sin pudor alguno.
Claro que unos meses atrás no podía ni prever esa larga estancia en Bellvitge.
De hecho, meses atrás era incapaz de adivinar cómo se arrastraría hasta su cama por la noche. Pero eso es otra historia.
El aroma marcaba el reino de la violencia en forma de sojuzgamiento a las normas: “es lo que hay”.
Los hospitales son , en ese sentido, una escuela de vida.
Las cosas simples elementales, se transforman en hitos que marcan el progreso, el abandono, la pérdida: ya come sólido!, ya puede ir al lavabo solo!, joder, han vuelto a ponerle la parenteral!
Uno se transforma en “paciente”, porque la impaciencia puede ser sinónimo de muerte o de vaya uno a saber que incapacidad o de enfermedad o de….
Pero llevaba ya sesenta días y eso es mucho tiempo, hasta para el más paciente de los pacientes.
Volvió a mirar de reojo a su compañero y con un gesto de complicidad, lentamente, se acercó hasta su armario y cogió dos hermosos, relucientes, rojos, jugosos, tomates de huerto, que sus amigos le habían traído el día anterior de regalo.
Entregó uno a su cómpañero de desventuras y se acomodó de nuevo en el lecho, usando una toalla por bandeja.
“Lo que vale un tomate” pensó mientras deshacía entre sus dedos “la manzana de oro”.il pomodoro de los italianos.
El ruido del carro de los alimentos se acercaba. Había que apurar el trago.